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martes, 13 de enero de 2009

Un día de éstos

Aunque poco a poco va remitiendo, el clima de "comienzo", de "novedad", de "cambio" aún se reconoce en el ambiente. Admito que este año veo poca tele, supongo que, como siempre por estas fechas, habrá cientos de anuncios de publicaciones coleccionables sobre los más variopintos temas: barcos por piezas, jarroncitos de época, muñecas regionales o vaya usted a saber; por otro lado, a más de uno nos habrá sorprendido algún compañero de oficina que, contrariamente a sus hábitos pasados, aprovecha el mediodía para sudar un rato en el gimnasio; incluso habrá algún valiente que haya tirado los ceniceros de su casa a la basura, convencido de que, este año sí, va a dejar de fumar.
Confieso que yo también he hecho mi lista de propósitos y, no, no se los confesaré ahora a ustedes... Quizá en otro momento.
Pero lo que sí quiero compartir en este post es mi reflexión acerca de esta debilidad nuestra frente a los compromisos de cambio. Quizá sea uno de los asuntos más complejos para mí. ¿Quién, o qué sabotea cada proyecto, cada objetivo, cada plan que nos trazamos? ¿Dónde se esconde semejante saboteador?
Supongo que ya lo habrán experimentado... En nuestro interior.
Por alguna razón, y por muy beneficioso y bien definido que esté el objetivo que nos hayamos propuesto, la tendencia natural de nuestra naturaleza es la de permanecer donde estamos. Eso de evolucionar... No solemos movernos alegremente de nuestro sitio a no ser que nos empujen, nos obliguen o... O nuestra fuerza interior sea tan poderosa que pueda vencer las resistencias iniciales.
Y ahí está el quid de la cuestión: la dificultad máxima, para mayor fastidio, está en los primeros pasos. Algo similar a lo que le sucede al bebé que comienza a andar: sus primeros pasos son tan torpes, tan inestables, tan descoordinados que lo raro es que los niños terminen andando y no decidan volver a los brazos de su madre tras la primera caída. Pero no lo hacen.
Su determinación por conocer es tan fuerte que ni siquiera la amenaza de lo desconocido supone un impedimento para sus dolorosos y frustrantes comienzos. Su motivación, casi podríamos calificarla de irracional porque camina por los cauces de la emoción, es más fuerte que la lógica del esfuerzo que ello supone.
Quizá el objetivo de este año debería ser simplemente intentar hacernos un poco más niños, en su valentía, en su determinación, en su perseverancia, en su transparencia, en su espontaneidad...
Mucha suerte con sus propósitos y recuerden que Roma no se hizo en un día. O como han estudiado los americanos, que para ésto son muy suyos, perseveren al menos 30 días consecutivos -consecutivos- en la realización de cualquier tarea y se sorprenderán del resultado.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Compromisos urgentes

No, no y no. Lo siento, pero no.

He hecho todo, menos lo más lógico. Y no, no voy a seguir haciendo lo mismo. Estoy decidida.

Desde que abrí mis puertas y ventanas, dejando que la luz vistiese de blanco mi interior oscuro y húmedo, he quedado expuesta al exterior, como un viejo cajón de madera que, tras años sin ser abierto, expusiese sin pudor su interior para que... nadie hiciese nada con él.

Pues no. Ya lo he decidido. He comenzado oficialmente a actuar.

Desde hace unas semanas me he agenciado un coach. Una coach, para ser más exactos. Una estupenda persona que ha decidido ayudarme a pensar, a sentirme capaz de cambiar, a encontrar alternativas a lo que no me gusta ni me interesa.

Yo, que me he pasado la mitad de mi vida sintiéndome víctima del mundo: víctima de mi familia, víctima de mi momento, víctima de mi exmarido, víctima de mis amigos, víctima de mis jefes, víctima de mis vecinos... Voy a cambiar de enfoque.

A partir de hoy voy a dejar mi visión Isabel-céntrica para asomarme al mundo. Ya no soy la víctima, soy una persona. Una más de los miles de millones de personas que tienen relación con otros miles de millones de personas en cada rincón del planeta.

Y, a mis treintaytantos, ya no voy a seguir sintiéndome tan vulnerable a lo que los demás me digan o no me digan, me hagan o no me hagan...

Mi coach tiene un duro trabajo: hacerme trabajar. Voy a pasar de ser un ser reactivo que se deja hacer a ser una persona de acción: diré lo que tenga que decir, cuando lo deba hacer y como se debe hacer.

Ya he empezado a actuar y, lo crean o no, me siento FENOMENAL. Y funciona: empiezo a sentirme viva. Mi corazón late, mis pulmones se mueven, mis párpados se abren y cierran cientos de veces a cada hora. Soy. Estoy.

Ahora, de verdad, este interior luminoso se va a reformar definitivamente.

Para empezar, un rito liberador: fuera de mi casa el pasado que no quiero. Fuera butacas que me hunden en la prehistoria de mi biografía; adiós escritorios que recogieron páginas grises y anodinas; desfilan hacia la puerta de salida pesados cachivaches dignos de un mausoleo de la mediocridad.

Todo está por llegar. El infinito me aguarda. Lo inalcanzable está a un palmo de mí.

¡Empieza el nuevo curso!