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lunes, 5 de enero de 2009

Noche de Reyes

Ya llegó la noche más mágica del año. Es la noche en la que desearía volver el tiempo atrás y ser otra vez una niña. Porque los días previos a éste son una oda al consumo, al tener, al acaparar, a El Corte Inglés, a la antítesis de la Navidad. Pero esta noche es otra cosa.

Y les pertenece sólo a ellos. Mi ilusión es, pero es otra. En los niños, puedo encontrar la inocencia y la autenticidad de quien cree en la bondad y en lo imposible. Sus caritas reflejan una emoción que va más allá del deseo de recibir un juguete. Se trata de algo más. Es creer en la magia, en que existen seres maravillosos que esa noche llegarán a su casa montados en sus camellos y les visitarán a ellos. A ellos. Y beberán la leche que con mimo han dejado preparada. Y mordisquearán las galletas. Y hasta los cereales de chocolate que este año les han dejado... porque les van a encantar, ya lo verás.

No dejarles un montón de regalos es un favor muy grande que les hacemos. Pero no sólo para prevenir todos los males de la abundancia, que también. Es que, simplemente, es teñir de valores materiales algo que va más allá. Y que, además, es radicalmente innecesario. La ilusión es la noche, es la espera, es quedarse dormido creyendo que esa noche los Reyes Magos con sus camellos estarán en su salón, es saberse buenos porque los malos, en el fondo, no pueden ser de verdad.

Feliz noche de Reyes y que os traigan a todos mucha ilusión, mucha inocencia, mucha bondad y un corazón un poco más niño.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Navidad

Hoy se ha desatado la fiebre navideña en casa. Llevaba unos días tratando de contener el vendaval pero esta tarde se ha instalado en en mi salón.

Al volver del colegio, las ansias de mis hijos escapaban totalmente de mi control, así que... hemos puesto el árbol de Navidad, el Belén, los adornitos por toda la casa y, por supuesto, mientras escuchábamos una selección de villancicos tradicionales.

La verdad es que lo hemos pasado bien, tirados por el suelo, abriendo paquetes y rebuscando en las cajas todas las cositas que guardamos el año pasado: una estrellita de purpurina de la pequeña, un Papá Nöel pintado en un tubo de cartón del papel higiénico, una velita decorada con plastilina...

Ha sido un verdadero placer ver sus caritas orgullosas y satisfechas, mientras contemplaban el enorme árbol, que habían montado y decorado ellos.

Después de recoger trocitos de bolitas de Navidad, ovejitas y pastorcillos de debajo del sofá, serrín y pedacitos de espumillón de todos los rincones, nos hemos sentado a cenar mientras el árbol nos observaba desde su rincón, con sus luces de colores y sus toneladas de adornos y cintas brillantes, amenazando su verticalidad.

La pequeña se ha acostado murmurando con los ojos ya medio cerrados: "este año le voy a pedir a Papá Nöel que todos los días sean Navidad...

Me he marchado de su dormitorio de puntillas pensando que este año yo le voy a pedir mucho más tiempo para estar con mis hijos.

martes, 28 de octubre de 2008

Infancia

Esta mañana, mientras caía una lluvia persistente y gris sobre Madrid, hacía zapping en la radio del coche. En una de sus paradas, mi radio me rescató de mis pensamientos para devolverme un diálogo entre un locutor chispeante y una silenciosa oyente.

El locutor narraba los recuerdos de mañanas de lluvia yendo a la escuela, de calcetines empapados dentro de zapatos de colegial de gruesas suelas de goma; de pantalones cortos y de saltos en los charcos... Y finalizaba evocando con cierta nostalgia las alegrías intensas y cotidianas de la niñez.

El dial ha seguido saltando de cadena en cadena, pero en mi cabeza ya había creado felices imágenes de esa misma calle, que yo ahora pacientemente recorría dentro de mi coche, y en las que niños y niñas, yo misma, trotaban despreocupados, pisando charcos y riendo de... quién sabe qué.

Y el recuerdo inventando me ha dibujado una sonrisa en el rostro, una sonrisa de niña, sin nostalgia, auténtica; la sonrisa de la niña que yo fui y que se parecía a la sonrisa intensa, rotunda de mi hija pequeña.

En realidad, aquellos niños que corríamos sin peligro calle a través, sin miedo a los coches -que eran pocos... y también infantiles- nos sentíamos libres y felices. Fijándome bien en los rostros de los alegres muchachos, reconocí a mis hijos. Yo era ellos, ellos eran yo.

Ha sido un recuerdo inventado muy breve. Lo justo para caer en la cuenta de que se me olvida a veces que la infancia es la época de nuestra vida en la que debemos ser niños; en la que nuestras preocupaciones deben ser cumplir con nuestras obligaciones de hijos, de escolares; en la que cada día se escribe en papel de doble raya y con lápiz y goma milán; la época de rodillas magulladas, de coderas en el jersey y de carreras para todo; la época de pasillos con olor a colegio y de recreos llenos de arena.

Y me he dado cuenta de que nada tiene que ver la infancia con tener todo lo que se desea; con salir todos los sábados a comer fuera; con coleccionar películas, juguetes, consolas...

¿Cuántas cosas podrán descubrir con sorpresa los niños, si les saciamos hasta hartarse de todo?

No quiero olvidar esas imágenes limpias y ligeras, para regalarle a mis hijos una infancia sin lastres. Los lastres ocupan mucho espacio y pesan demasiado: no les dejarían correr, volar.